En el Evangelio de Juan hay un relato sobre una gran multitud que es alimentada con los cinco panes y los dos peces de un muchacho. Mucha gente hambrienta alimentada por un pequeño regalo.

Cada milagro que vemos es el resultado de alguien que no vemos entre bastidores rezando, dando, rindiéndose. Si el niño no renuncia a su comida, la multitud tiene hambre.

El ministerio de Dios en la cárcel y en la prisión también implica a una gran multitud. Más de 1.000 reclusos, 300 empleados del centro y muchas familias. Vemos a mucha gente y, muy a menudo, somos testigos de un milagro entre las masas. Ahora bien, es fácil ver un milagro porque destaca como una luz en la oscuridad. Pero es un reto encontrar el “milagro detrás del milagro”, una obra de Dios casi oculta en el trasfondo que conduce a los titulares que muchos ven.

Hace algunos años, un preso afroamericano llamado Kenny conoció a Jesús y participó en un estudio bíblico en la prisión. De hecho, tras ser liberado llegó a impartir el mismo curso bíblico para jóvenes en una iglesia de blancos. Eso sí que fue un milagro visto por muchos.

Pero años antes se produjo otro milagro, cuando dos voluntarios blancos iniciaron el estudio bíblico y nutrieron a Kenny semanalmente. Durante más de un año tras salir de la cárcel no pudo conducir un coche. Así que estos dos chicos recogieron a Kenny y lo llevaron de Winston a Greensboro para ir a la iglesia cada semana. Allí enseñaba el estudio de la Biblia para los niños. Los dos chicos renunciaron a una noche cada semana para conseguirlo.

Y ése fue el milagro detrás del milagro. A mí me parecen 5 panes y 2 peces.

 

-Rodney Stilwell, Capellán Mayor